Traductor afgano que trabajó para las tropas estadounidenses: “Arriesgué mi vida porque era pobre”

Reportaje publicado en el Semanario Brecha de Uruguay. Diciembre 2016

A sus 25 años de edad, Almas apenas recuerda un solo momento de felicidad en Kabul, Afganistán. Después de haber servido como traductor para el ejército de Estados Unidos en la lucha contra los talibanes, la legislación norteamericana le imposibilita acogerse al régimen de asilo de este país. Asegura haber recibido tres cartas de amenaza de los talibanes y ha visto la muerte de cerca, suficiente para lanzarse a cruzar toda Asia y Europa a pie hasta París. “Francia es perfecta, aunque durmamos en las calles”, exclama orgulloso.

Cuando recuerda todo lo que ha vivido, todavía hoy a Almas –quien prefiere ocultar sus apellidos por razones de seguridad- le tiembla todo el cuerpo. Tiene 25 años y ha arriesgado su vida dos veces: la primera, trabajando para las tropas estadounidenses en Afganistán, y la segunda cruzando ilegalmente Afganistán, Iran, Turquía, Bulgaria, Serbia, Croacia, Eslovenia, Austria, Italia hasta llegar a Francia. Todo esto empujado por una amenaza, la de los talibanes, acentuada por la pobreza de su familia que le empujó a trabajar para las tropas estadounidenses. Los afganos que han trabajado para los norteamericanos sufren amenazas de muerte y persecución por parte de los talibanes, que los consideran ‘infieles’.

Pero hay una noche en especial que Almas no olvida: “Cada noche conducía de Bagram a Kabul y escondía mi carné de identidad. La carretera era muy peligrosa”. A medio camino, los talibanes le arrestaron a él y a dos compañeros más –que no trabajaban para Estados Unidos- y los llevaron cerca de las montañas, en el interior de una tienda de campaña pequeña. “Habían conseguido fotos de locales que trabajaban para las tropas estadounidenses. Afortunadamente mi fotografía no estaba allí, sino me hubieran matado directamente. Nos preguntaron si trabajábamos para América y dijimos que no”.

Después de una hora de interrogatorio, casi milagrosamente se acercaron tropas del ejército afgano. “Un talibán dijo: ‘mátalos y nos vamos’. Pero el otro se opuso: ‘déjalos, son musulmanes’. Los dos chicos que estaban conmigo gritaban y lloraban: ‘por favor, no nos matéis, tenemos familia y estamos en medio del bosque, nuestros cuerpos se perderán y nadie los podrá encontrar”. Afortunadamente, los talibanes huyeron y seguidamente entraron las tropas afganas, quienes los pusieron a salvo. De vuelta a casa, Almas explicó la pesadilla a su padre: “Yo tenía la cara amarilla, parecía que no tenía sangre en el cuerpo. Me temblaba todo el cuerpo”.

Sin visado para acogerse al asilo especial de Estados Unidos

Aquella experiencia al limbo de la muerte requería respuestas inmediatas. “Mi padre dijo: se acabó, no trabajes más con América”. Así, al día siguiente Almas explicó a los soldados americanos lo que había pasado la noche anterior. “Dijeron que me querían ayudar”, por lo que Almas pidió el visado especial que concede el gobierno estadounidense a aquellos afganos que han trabajado para ellos con el objetivo de refugiarse en Estados Unidos. “Desafortunadamente, me dijeron que al menos tenía que trabajar un año en un campo con un solo grupo militar. Yo había trabajado 4 meses en un campo, luego 3 en otro, después 6 meses en Bagram. También trabajé para el ejército británico y para una compañía local respaldada por el ejército norteamericano”. Así, a Almas se le cerró cualquier posibilidad de acogerse al asilo.

En el caso de aquellos intérpretes afganos que cumplen los requisitos para refugiarse en el plan especial, los visados de los que se encuentran esperando en Afganistán –alrededor de 12.000 solicitudes, según recogía The New York Times citando fuentes del Departamento de Estado de EUA en un artículo reciente- no están garantizados plenamente de cara al futuro. Recientemente una enmienda del gobierno estadounidense que pretendía expandir el programa de apoyo a los intérpretes en peligro con 4.000 visados más fue bloqueada por un voto en el Senado. Así, el programa se encuentra ahora en punto muerto, a falta de ver cómo se resuelve la negociación en la cámara norteamericana. Aun así, el hermano de Almas –que también trabajó para las tropas norteamericanas- cumplió los requisitos para acogerse al asilo especial y ya se encuentra viviendo en Estados Unidos.

Otro encuentro frente a frente con los Talibanes

Almas, lejos del visado que le hubiera permitido empezar una vida nueva en Estados Unidos, lo que se ha llevado del país es un amargo recuerdo de una noche vivida al límite que no se borrará de su mente. “Fuimos [con las tropas estadounidenses] a un área de la provincia de Helmand a coger talibanes. Por el camino decidimos circular alrededor de la casa, estar allí unas 4 o 5 horas, y cuando los talibanes salieran de la casa, decirles que pararan y arrestarlos”. Tras 12 horas, los talibanes aún no habían salido. Al día siguiente llamaron al jefe del ejército, que les ordenó entrar al interior de la casa por la noche y arrestar a los talibanes. “Aquella tarde, hacia las 7, seis de ellos salieron de la casa. Les dijimos: parad. Dios mío, la batalla empezó. Lucharon muchísimo. Nunca usé mi arma, estaba muy asustado. Me senté detrás de una piedra grande”. En aquella lucha, cuatro talibanes murieron y dos fueron arrestados.

Pero cuando Almas preguntó a los talibanes arrestados cuántos eran en la casa, descubrieron que todavía quedaban dos en el interior. Alrededor de la casa estaba toda cubierta de soldados, no podían escaparse. A las 11 de la noche decidieron atacar. “Tocamos la puerta y gritamos pero nadie abrió. Entramos en la casa, y había un hombre y una mujer durmiendo en una habitación. Lo escuchaban todo, pero quizás intentaban simular que no entendían la pelea; quizás estaban asustados”. Seguidamente, los soldados ordenaron a Almas que entrara a la habitación, pero el intérprete lo rehusó: “signé un contrato que decía que si marido y mujer están durmiendo en una habitación, no tengo permiso para entrar”. Aun así, los soldados trataban de forzarlo, hasta que ellos mismos decidieron entrar. “Entraron en la habitación y empezó el ruido otra vez. El hombre talibán empezó a disparar. Créeme, yo estaba detrás del muro. Dios mío, fue la peor noche de mi vida. Nunca he visto nada parecido. Todo el cerebro salía de la habitación. La sangre… dios mío”.

En aquella operación, murieron el talibán y su mujer, además de dos soldados americanos. Cuando Almas retornó a la base militar tras aquella desagradable experiencia, se puso muy enfermo. “Vomitaba a cada minuto. Me temblaba la mandíbula. Le dije a mi jefe que estaba muy asustado y que no iría más”.

“Hasta luego, quizás no volveré a casa”

A sus 25 años de edad, Almas todavía no logra comprender lo que está pasando en su país, Afganistán, devastado tras más de tres décadas sumido en conflictos inacabables. “Cuando era pequeño, desde que conozco izquierda y derecha, la vida siempre ha sido mala, en guerra. Nacimos en guerra y quizás moriremos en guerra. Talibanes, muyahidines, Estado Islámico; asesinatos, secuestros, robos… demasiada mafia. No entiendo a nadie, es un desorden en todos lados. Quizás viajas de una ciudad a otra, paran el bus en medio de la carretera y empiezan a disparar. Boom, boom, boom. Matan y se van en motocicleta. No sé qué quieren de nosotros o de Afganistán. No lo entiendo, ese país está lleno de mierda”. Por esta razón, dentro de su familia la inestabilidad se vivía diariamente. “Cada vez que alguien salía de casa se despedían diciendo: ‘hasta luego, quizás no volveré a casa’”.

Pero la vida de Almas y su familia no siempre ha sido tan desafortunada; todo al contrario. Hijo de una familia numerosa, los padres de Almas eran maestros de escuela y mantenían un nivel de vida estable. Todo cambió cuando los Talibanes llegaron al poder. El padre fue encarcelado durante 6 meses por los Talibanes por ser originario del norte de Afganistán –Almas y su familia no supieron dónde estaba el padre durante todo este tiempo; pensaban que había muerto- y su madre quedó recluida en casa, ya que bajo yugo talibán los derechos de las mujeres quedaron severamente coartados. En aquella situación es donde empezó realmente el calvario para Almas y sus hermanos.

Al caer su familia en la pobreza, los hijos abandonaron sus estudios –Almas estudiaba Informática- y empezaron a buscar trabajo desesperadamente. Un hermano fue contratado como chef en la embajada de Estados Unidos en Afganistán y el otro como traductor dentro del campo norteamericano. “Arriesgué mi vida porque era pobre. Lo tenía que hacer porque mi familia pedía comida, dinero… Mi padre solo no nos podía sostener. No fue fácil. 2 hermanas, 5 hermanos, mi madre y un hijo. El salario de mi padre era de 150 dólares mensuales. Yo cobraba 800 dólares al mes con las tropas norteamericanas, aunque al final eran unos 1.500 porque me daban más como regalo”.

Responsabilidad norteamericana

Aunque no oculta su agradecimiento por el trato recibido por parte de las tropas norteamericanas, Almas se ha quedado con una sensación ambivalente respecto del trabajo de las tropas extranjeras en su país. “Estoy contento de que el ejército norteamericano me apoyara y me diera trabajo. Nunca me trataron mal, honestamente. Me trataron como a un hijo o hermano”. Pero por otra parte, no puede ignorar la sensación de incomprensión sobre la labor de las tropas foráneas sobre el terreno. “Trabajé un año con el ejército americano alrededor de Afganistán, y no entiendo qué quieren exactamente. Han estado aquí 11 o 12 años para retirar a los talibanes. No han podido. ¿Qué quiere decir esto? Los talibanes no son fuertes si no los apoyas. Quizás son 2.000 personas. En el ejército afgano tenemos 72.000 militares. ¿Quién apoya a los talibanes? ¿De dónde salen? ¿Bajan del cielo?”.

Tras 15 años de presencia norteamericana en Afganistán y millones de dólares gastados, lo cierto es que con el repliegue de tropas extranjeras los Talibanes están volviendo a coger fuerza en el país. Con cada vez menos soldados norteamericanos sobre el terreno, Almas se acuerda ahora especialmente de aquellos que han muerto en la contienda. “Estados Unidos debe responder a la familia de cada soldado. ¿Por qué murieron? ¿Por qué razón? ¿Por qué te llevaste a mi hijo a Afganistán? Tú se lo preguntarías. Su madre se lo preguntará. ¿Por qué? ¿Para hacer a Afganistán seguro? No es mi país. ¿Por qué atacar desde una parte del mundo a la otra? ¿Para sacar beneficios, verdad? Estás utilizando a mi hijo para morir. Muchos soldados han perdido sus manos o piernas. Tienen que responder para cada familia”, asevera Almas.

Vida nueva en Europa

Pese al sufrimiento arrastrado tras 25 años viviendo en guerra, Almas no puede contener la bocanada de esperanza que le produce el hecho de empezar una vida nueva lejos de la inestabilidad constante de Afganistán. “Desde que llegué a Europa, siento que soy humano. Entiendo lo que significa la vida”. Tras pedir asilo en Francia, ahora solo espera ser aceptado para establecerse definitivamente en el país. Actualmente comparte apartamento con su primo, que reside en las afueras de París desde hace más tiempo. “Estoy intentando no volver a Afganistán. No volver, no, no… Es suficiente para mí. He pasado 25 años allí, pero no he aprendido nada bueno. Todo es negativo”.

Almas, pese a que nunca había viajado fuera de su país, soñaba con ser piloto de aviación para volar todo el tiempo y ver qué pasa en el mundo. “Desafortunadamente nuestros sueños se rompieron a pedazos”. Así, su primer viaje fuera de Afganistán ha sido como refugiado, cruzando de país en país a escondidas hasta llegar a Francia. No puede olvidar todo lo vivido. “He visto muchas peleas reales. Odio las luchas. Me gusta la libertad. Si me comparas con un chico europeo, soy completamente distinto. Aquí la gente estudia y disfruta de su vida. Mira nuestras vidas. Trabajamos en Afganistán en malas situaciones y no sabemos ni cómo vamos a morir”, explica. “Al menos ahora estoy disfrutando. Estoy sentado en el arcén de un parque y estoy disfrutando de este rato”.

De aquella vida en Afganistán, lo poco que recuerda con una sonrisa es el afecto hacia sus allegados. “Estoy orgulloso de mi familia porque nunca hemos pertenecido a nadie. Solo necesitamos libertad”, explica Almas. “Pero ahora estoy en Europa y me avergüenzo cuando digo que soy musulmán. Pensarán que soy terrorista. Soy de mente abierta, comprendo y tengo conocimientos, más que otras personas”.

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