“Zarqawi se radicalizó tras lo que encontró en prisión”

 Hablamos con el periodista jordano que compartió prisión con Zarqawi, ex líder de Al Qaeda enIrak y creador de Estado Islámico, hace exactamente 20 años

Fouad Hussein reconstruye con naturalidad la casualidad que lo llevó a compartir la prisión jordana de Suwaqah con el que años más tarde se convertiría en líder de Al Qaeda en Irak y creador de Estado Islámico, Abu Musab Al Zarqawi. Corría el verano del año 1996 cuando un artículo crítico contra el primer ministro jordano Abdul Karim al-Kabariti en medio de una situación de descontento social puso entre rejas a este periodista.

Imagen del periodista jordano Fouad Hussein

Asimismo, las prisiones de Jordania rebozaban tanto de marxistas como de islamistas; entre ellos, un joven originario de Zarqa de personalidad tranquila y reservada que se ganaría el apodo de Al Gharib -El Extraño-. “De joven, Zarqawi era líder en su barrio. Por ejemplo, si alguien te atacaba, recurrías a él para que te ayudase. Ni siquiera cuando lo conocí en prisión nunca pensé que se acabaría convirtiendo en líder de un grupo armado”, explica el periodista Fouad Hussein en el tranquilo hall de un hotel de las afueras de Ammán.

Todavía era pronto para prever que, años después, un Zarqawi corpulento y combativo llegaría a ser el líder de Al Qaeda enIrak, por el que Estados Unidos pagaría 25 millones de dólares a quien consiguiera localizarlo. En las vísperas de la invasión de Irak, fuerzas estadounidenses empezaron a apuntar posibles vínculos entre Saddam Hussein y Al Qaeda. Así, Zarqawi llegó a ser uno de los más poderosos mitos de la ‘guerra contra el terror’ proclamada por el entonces presidente norteamericano George Bush, aunque muchos de los detalles de su vida siguen siendo una incógnita. Además de ser considerado el cerebro de numerosos atentados en Irak, especialmente contra chiíes, también se le atribuye el ataque de 2005 en Ammán que mató a 67 personas e hirió a 300 más.

Primera toma de contacto

“Cuando abrieron la celda, en frente tenía a un amigo que era miembro del Parlamento. Me dijo: ‘Fouad, en prisión hay seis o siete mil personas. Puedes ir a todas partes menos en esa habitación, porque se encuentran Zarqawi y Abu Muhammad al-Maqdisi [mentor espiritual de Zarqawi, considerado uno de los teóricos más influyentes del salafismo]’”. Tras la advertencia, Hussein no tardó ni una hora en plantarse delante de la celda de los dos islamistas, encarcelados por haber tejido los fundamentos del grupo al-Tawhid, que pretendía reclutar a combatientes extranjeros para la yihad –el año 2014 un ejército más fuerte y organizado renacería de las cenizas de al-Tawhid bajo el nombre de Estado Islámico-. El gobierno jordano consideró que esta organización atentaba contra la estabilidad de la monarquía y los encarceló en 1994.

“As salam wa alaikoum [que la paz sea con vosotros], soy Fouad Hussein, soy periodista, no soy islámico. He leído sobre vuestro caso en la prensa gubernamental. Me gustaría escuchar vuestra versión de los hechos”. Por lo que Zarqawi respondió: “’Vale, ven y siéntate’. Me senté y Zarqawi me preparó una taza de té. Le hice muchas preguntas y me respondió a todas, pero yo no le gustaba porque no soy islámico, o sea, no como en su mente”.

Justo después de aquel primer encuentro, Zarqawi tuvo una discusión con la policía carcelaria y lo pusieron en régimen de aislamiento. “Maqdisi me pidió que hiciera de portavoz en una protesta contra la administración de la prisión para liberar a su compañero Zarqawi, a quien había conocido en 1989 en Pakistán, después de luchar contra la invasión soviética de Afganistán”. En pocas horas, el joven de Zarqa fue devuelto a su habitación. Después de aquello, “Zarqawi me empezó a sonreír, se comportaba diferente que en el primer encuentro porque sentía que lo había ayudado. Pero no le ayudé por sus ideas, sino porque dentro de la prisión tenemos que cooperar entre todos”, se justifica Hussein. “Durante los próximos 70 días lo discutimos todo juntos. Todos los días nos encontrábamos. Bebíamos café o té, jugábamos a ping-pong, a fútbol… Es muy aburrido estar en prisión, tienes que encontrar cosas para pasar el tiempo”.

La prisión como centro de radicalización

“Creo que Zarqawi se radicalizó con lo que encontró en prisión. Muchas cosas malas le pasaron en la cárcel. A él, no a todo el mundo”, asegura el periodista. Entre ellas, hay un hecho que más de 20 años después Fouad Hussein recuerda estremecido: “Cuando estábamos juntos en prisión, un día Zarqawi me preguntó: ‘Qué te hicieron los servicios de inteligencia antes de ingresar en la cárcel?’. Le dije que nada, porque soy periodista y cuando me liberen voy a escribir todo lo que me han hecho. Y le pregunté: ‘¿Y a ti?’ Me enseñó sus dedos y no tenía uñas, tras estar anteriormente en régimen de aislamiento por 8 meses y medio. Si te pasa a ti, ¿cuál será tu reacción?”.

Progresivamente Zarqawi, un chico “tranquilo y carismático” adquiría en prisión una actitud más reaccionaria respecto a las fuerzas del orden: “En su opinión, policías, jueces y miembros del gobierno eran defensores de los regímenes, que creía que eran taghuts –poderes políticos ilegítimos- y tenían que ser combatidos”, apunta Hussein. “La detención de Zarqawi y sus compañeros disciplinó su carácter, refinó sus habilidades e incrementó sus conocimientos”. En prisión, Zarqawi “pasaba el tiempo libre aprendiendo el Corán de memoria y otros textos religiosos. También practicaba ejercicios de fitness para reforzar su fortaleza física.

El mentor espiritual y compañero de prisión de Zarqawi, Abu Muhammad al-Maqdisi, valoraba su paso por la cárcel en un documento que escribió en septiembre de 2004: “Pensaron que la prisión socavaría nuestra ideología. Eran demasiado estúpidos para saber que la cárcel y el sufrimiento intensificarían nuestra llamada. Dios hizo la prisión uno de los escenarios durante el cual aprendimos y al mismo tiempo educamos a los otros”, clamaba Maqdisi.

Así, por la mañana Zarqawi solía visitar a los prisioneros que estaban encerrados por cargos criminales”, con el objetivo de “reforzar sus relaciones personales con ellos para que se unieran a su organización”. Fouad Hussein reconoce que “tuvo un éxito tremendo. Se hizo popular entre cientos de detenidos que tenían antecedentes criminales. Muchos se volvieron ultra-religiosos y fueron aniquilados en las batallas de Afganistán o Irak”, explica Hussein en el libro que publicó en 2005: “Al Zarqawi: La Segunda Generación de Al Qaeda”, vaticinando lo que pasaría después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y hasta el año 2020. El estallido de las primaveras árabes, el foco en Siria o la proclamación del califato son los principales hitos que Al Qaeda se marcaba hace dos décadas y que han acabado cumpliéndose.

De la cárcel al campo de batalla

En 1999, el rey Abdallah decretó una amnistía general de presos al llegar al trono tras la muerte de su padre, por lo que las autoridades dan a escoger a Zarqawi entre permanecer en prisión o salir de Jordania. Tras pocos meses en su ciudad natal, Zarqawi, “que estaba hecho para la acción”, viajó de nuevo a Pakistán y luego a Afganistán para establecer un campo de entrenamiento para formar un grupo de militantes que pudiese exportar después a cualquier parte del mundo. Irak sería el terreno donde los conocimientos se pondrían en práctica poco tiempo más tarde.

Zarqawi fue aniquilado por un bombardeo norteamericano cerca de Baquba -65 kilómetros al norte de Bagdad- el 7 de junio de 2006, siendo solo el inicio de una ola de violencia que prosigue a día de hoy alrededor de Irak.

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