Huir del fuego para caer en el infierno sirio

Reportaje realizado en Estambul

Miles de Hazara afganos refugiados en Irán han luchado en la primera línea de la guerra siria con las tropas del régimen de Bachar al-Asad. Dos jóvenes que consiguieron sobrevivir nos cuentan su calvario

Ibrahim es de Kabul y tiene 18 años, aunque ya es todo un hombre. Tras arriesgar su vida desde los 15 en los frentes de guerra en Alepo, Palmira, Homs o Damasco por una causa que no va con él, en la actualidad trata de buscar una senda hacia delante que le aleje de la destrucción que lleva presenciando desde que nació. Ahora en Estambul, su objetivo es llegar a Europa “para vivir una vida pacífica”. “No nos fuerzan de una manera en la que estemos obligados a ir, pero tenemos que hacerlo: necesitamos dinero, tarjetas de identidad, un lugar para vivir… No sabíamos que si no continuábamos yendo, detendrían nuestros papeles”, cuenta el joven Ibrahim, pocos meses después de dejar atrás la milicia Liwa Fatemiyoun –creada en 2014 y formada por afganos chiíes como él- en Siria, tras pasar allí dos años. En los alrededores de la mezquita chií de Zeytinburnu, uno de los barrios que alberga más afganos en Estambul, no es difícil cruzarse con jóvenes Hazara que todavía guardan las fotos de su paso por Siria en sus teléfonos. El proceso para alistarse era sencillo. “En muchas ciudades en Irán hay sitios donde puedes ir y registrarte. Una vez completada la inscripción, hay un mes de entrenamiento y luego un avión manda a gente a Siria”. Ibrahim asegura que el gobierno iraní les informó de que unos 60.000 Hazara afganos habrían tomado parte en la contienda siria.

Si alguien ha experimentado más que nadie lo que significa vivir dentro del infierno en la tierra, estos son los Hazara. Minoría étnica procedente de Afganistán, sufre una doble discriminación apabullante por parte de los talibanes y el gobierno afgano. Por eso, no resulta extraño que muchos de ellos hayan tratado de buscar refugio fuera de su país. Por ejemplo, en su país vecino, Irán. Lo que no resulta tan usual es que el gobierno iraní –también profesante de la rama chií, como los Hazara- haya aprovechado su presencia para sumergirlos en la geopolítica regional, lanzándolos como carne de cañón a Siria entre falsas promesas de mejoras en su estatus como refugiados en Irán que nunca llegaron a cumplirse. “Primero, cuando nos mandaron, dijeron que al cabo de uno o dos años nos darían los papeles para estar aquí [en Irán], pero no nos dieron los papeles, solo algo temporal. Entonces, si no vas a Siria otra vez, no extienden la validez de los papeles”, explica Ibrahim.

foto cedida por Ibrahim

Fe, dinero y papeles

Más allá de la documentación para vivir en Irán, para Ibrahim la fe en su religión fue un aspecto fundamental para embarcarse hacia Siria. Mientras hablamos, otro chico Hazara que no quiere revelar su identidad explica que, para él, la cantidad de dinero que le pagaban por las misiones en Siria le determinaron a arriesgar su vida. “Tenía curiosidad, y me fui a registrar yo mismo. Es voluntario, y a veces nos pagan grandes sumas de dinero: 1.000 euros al mes”. En total, estuvo alrededor de seis meses en Siria, en dos períodos separados de tres meses cada uno. Este joven de 30 años pasó su adolescencia entre Bamiyan –en Afganistán- e Irán. “Personalmente, por dinero puedo ir y luchar en cualquier sitio. No me arrepiento de haber ido a Siria. Conseguí mi dinero y no me pasó nada”, explica. Aun así, es consciente de los riesgos que ha enfrentado en la contienda. “Estaba a cargo de un tanque, de la artillería. A veces estábamos en la línea del frente, otras veces más atrás, ayudando a aquellos en el frente. Luchábamos contra el Estado Islámico. ¿Existe alguna guerra sin peligro? Por supuesto que era peligroso. Vimos a gente morir a nuestro alrededor. Muchas veces nos disparaban y nos teníamos que esconder. Muchos amigos y gente de mi alrededor murieron”.

Ibrahim, que pasó más tiempo en Siria –unos dos años-, también recuerda las escenas a primera línea de fuego. “A veces estábamos en el frente durante tres días sin obtener comida adecuada. Normalmente nos quedábamos en los lugares que tomábamos a Estado Islámico u otros grupos. Dormíamos allí con mantas, comíamos allí… pero a veces nos teníamos que retirarnos nuevamente”, cuando las fuerzas enemigas avanzaban. “Siempre los Hazaras estábamos en un sitio separado del resto; el ejército sirio en otro, el iraní en otro, y después Hezbollah en otro frente. No nos mezclábamos”.

Forzados indirectamente 

Los dos jóvenes insisten en que en ningún momento fueron obligados a luchar en Siria, aunque sus circunstancias los empujaron a este camino. “Necesitamos documentación, un lugar para vivir… No podemos estar en Afganistán porque estamos oprimidos allí”. De quedarse en Irán, “podría arriesgarme a ser deportado a Afganistán, y allí podría acabar en prisión por mi participación en la guerra en Siria”. Además, “en Irán nos tratan muy mal; no nos tratan como seres humanos. En Afganistán todavía es peor. Es por eso que hacemos todo esto”, justifica Ibrahim. “Conocemos los riesgos, estuve sitiado durante 48 horas. Podíamos morir en cualquier momento, pero aun así tomamos los riesgos. Lo elegimos”.

Al final, Ibrahim no puede olvidar la gente que vio morir -o vio muerta- a su alrededor. “Estas imágenes me vienen a menudo a la cabeza. Tampoco puedo olvidar a la gente que murió por salvar a otra”. Ibrahim tenía sólo 15 años cuando viajó a Siria.

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